La gente del libro se ha rasgado las vestiduras por el cierre de la veterana librería Catalònia, sobre todo al saber que en el mismo espacio se abrirá un nuevo local de la cadena McDonald’s. Desde el ventanal del primer piso se podrá seguir contemplando el trombo humano en el nudo de arterias que trenza la ronda de Sant Pere con el paseo de Gràcia y nutre de peatones el corazón de la ciudad y de clientes las fauces de El Corte Inglés. La diferencia es que hasta ahora podíamos hacerlo de manera fugaz, por encima de los anaqueles o esperando a que comenzara la presentación de un libro, pero pronto las miradas se arrobarán en ese tedio con una hamburguesa con queso suspendida entre las manos.

 

Siempre es una mala noticia –para el tejido cultural de un país y la calidad del ocio de las personas– que cierren librerías, en especial cuando durante nueve décadas han resistido los vaivenes del oficio como lo hizo la librería Catalònia, y tiene un simbolismo cruel y sintomático que su lugar lo ocupe una franquicia de comida rápida. Con todo, no debería sorprendernos. McDonald’s sabe vender hamburguesas y vivimos en un mundo plegado al negocio. Por eso, al duro simbolismo de esta noticia, el de la cultura suplantada por la versión más grasienta del consumo, se le debería dar la vuelta para replantearse el papel de las librerías, porque a menudo no son más que otra pieza de ese sistema que fagocita a los peces más pequeños del estanque, pero sobre todo a los inadaptados.

 

El centro de Barcelona está plagado de librerías de toda talla, desde el monstruo inglés y otros grandes almacenes a librerías tan potentes como Casa del Llibre o tan necesarias como La Central o Laie –cuántos lectores más o menos curtidos hemos acabado allí después de que en las demás, incluida la Catalònia, no tuvieran a nuestro autor checo favorito–, pasando por librerías de viejo tan emblemáticas como Canuda. Siguen nadando muchos peces en el estanque, un negocio –ese tejido cultural, también– que ha sufrido como pocos el golpe de la crisis y en el que prevalecerán los más fuertes, sí, pero también los mejor adaptados y especializados. Ha sido así desde que un meteorito en el Yucatán pusiera en su sitio a los dinosaurios. Porque prevalecer no siempre pasa por copiar la estrategia de los gigantes: los descendientes de los dinosaurios tienen alas y nos miran desde las repisas de nuestros edificios.

 

Con la atroz bajada de ventas de tantos autores –incluyendo a las divas de antaño–, con los peores bestsellers de los últimos años y la versión más comercial de la novela de género copando las mesas de novedades y con un sector editorial que no actualiza el precio de los libros ante la coyuntura general, la oferta se satura y el lector medio, ése que no va a poder gastarse un diezmo de su sueldo en libros, se siente confundido. ¿Qué sentido tiene pues insistir en copiar el modelo de librería generalista, estando rodeados de gigantes que venden lo mismo, como si el nuevo tocho de Ken Follet fuera otro menú extragrande con patatas? ¿Qué otro camino le queda entonces a un buen librero, sino competir mostrando otro trato, otra escala y otro criterio al seleccionar la oferta?

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