A pocos días de comprobar si a los profetas mayas se les queda o no cara de Artur Mas ante la voluntat d’un poble, tal vez estés a punto de hacer tu pedido en Amazon. Te da pereza acercarte a una librería y prefieres solucionar desde casa el regalo navideño para ese pariente cultureta –tras curiosear en su Facebook qué demonios le gusta– que, siempre antes de Nochevieja, te pide por favor el ticket de compra. Entiendo tu fastidio, es un gafapasta insufrible, pero no hablemos ahora de libros –cómprale algo de Foster Wallace, su orgullo hipster le impedirá devolverlo–, ni siquiera de librerías –o hazte un favor: busca un librero de verdad por tu barrio y charla con él, van mejor que Google para encontrar buenas lecturas–. Hablemos del señor que va a empaquetar tu libro de Ken Follet –si no me hiciste caso– en los almacenes de Amazon en Alemania.

 

El señor en cuestión, ingeniero, casado, ronda los 45 años, tiene tres hijos y llevaba un año en paro. Hace dos meses, de madrugada, subió a un autocar en Sants para viajar treinta horas junto a decenas de catalanes –y españoles venidos de otras ciudades–, casi todos licenciados como él. Se iban a Alemania con un contrato de tres meses y un sueldo de 1.500 euros por empaquetar pedidos. No es un hombre en situación extrema, ni un “desahuciado mediático”, ni otro suicida en las noticias o el homeless del viral del día en las redes “sociales”. Sobrecualificado y en la ruina, sí, pero se fue tres meses a un país que funciona y en condiciones laborales decentes. Así es la vida, y quizá pienses que su drama doméstico es tolerable, que lo natural es reaccionar y escandalizarse sólo ante los casos más terribles.

 

Pero el señor llamó aquella noche desde Sants a su mujer, pensó en sus hijos, colgó el móvil y subió al autocar llorando.
Que a ti qué, que las cosas están mal para todos, dirás, pero tal vez pasado mañana, o en 2025, cuando creas haber construido ya tu vida sobre algo más o menos sólido, seas tú quien tenga que despedirse de tus hijos y subir a un autobús para trabajar de cualquier cosa en la Europa del Norte. Quizá en 2025 –antes, a este ritmo– ya no reconozcamos el mapa de Europa y no sean mesías oportunistas como Mas quienes lo hayan fragmentado, sino los financieros y políticos de los países fuertes –con la connivencia de los nuestros, que recortan obedientes mientras dicen que los jóvenes emigran “por espíritu aventurero”–, que habrán convertido finalmente a los PIGS del Sur en su parque residencial, su mano de obra reubicada, su nuevo tercer mundo a la vuelta de la esquina.

 

Somos miles los que, sin llegar todavía al límite ni habernos roto aún del todo, caminamos permanentemente sobre el hielo de un lago a punto de ceder. Somos protagonistas desapercibidos de dramas que no aparecen en los medios, que van formando fisuras bajo nuestros pies, sin apenas ruido, mientras apuntalamos nuestro frágil equilibrio como podemos entre familia y apaños. Y seguimos caminando, pero cada día con el vértigo más agarrado a las tripas –quienes nos dedicamos a la cultura o al periodismo somos legión entre los funambulistas del miedo–, pisando grietas cada vez más hondas que, cuando menos lo pensemos, convergerán en una falla que hará añicos esta fina pantalla de hielo sobre la que vivimos, esta ilusión en la que patinamos a diario, intentando que no nos engulla el frío.

 

Y, entonces sí, llegará el fin del mundo. Del tuyo, del mío, de cada uno de nuestros proyectos vitales. A no ser que cambiemos la indiferencia por el enfado –un cabreo efectivo y de dimensiones siderales, no una “indignación” de fin de semana en Twitter–, a no ser que actuemos y adoptemos otra ética entre todos, que reescribamos otro final para esta historia. Los mayas, en realidad, predijeron un cambio de era al acabar 2012. Quién sabe, pero ya es hora de ponerle fin a este mundo tal y como nos lo habían contado. Como habíamos elegido creérnoslo hasta hoy.

 

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