El 16 de julio apareció una escueta noticia en los periódicos locales informando que seis playas del Maresme se habían cerrado al baño por la presencia de tres tiburones de la especie tintorera. No se aclaraba si el motivo del cierre se debía al peligro de que un nadador perdiese una pierna o que este pudiese molestar a los peces, pues es bien sabido el amor de los catalanes a todo bicho viviente que no sea de nuestra propia especie.

¡Tenía que pasar!

En plena canícula, los escualos abandonaron brevemente sus despachos y se dieron un buen chapuzón en las aguas color turquesa del Maresme.

Y mientras, los Jovenzuelos Emprendedores veíamos con ilusión cómo poco a poco nos íbamos asimilando a La Polinesia, al Caribe, o a ese inmenso lago de Nicaragua -único en el mundo con tiburones de agua dulce-, apetecibles y exóticos lugares de esparcimiento turístico todos ellos, aunque no al alcance de todas las economías, las patrullas de la Policía Local y de los Mossos de Escuadra ayudaban a desalojar a los bañistas y dos botes de Salvamento Marítimo y Cruz Roja hacían seguimiento para comprobar si los tiburones se alejaban de la costa.

Los Jovenzuelos Emprendedores no acabábamos de entender que se cerraran al baño las playas del Maresme situadas entre El Masnou y Premià de Mar por tres modestas tintoreras de apenas un metro y medio, ni que ondeasen en las playas banderas rojas, como si estuviésemos en la Cuba de Fidel, ni que se impidiese gozar del ejercicio de la natación a los veraneantes intrépidos, ni que se desperdiciase la gran oportunidad que nos brindaba el azar para atraer más y más al turismo de masas.

Los Jóvenes Emprendedores nos reafirmábamos en la necesidad de tiburonizar el litoral con algunas razones de peso: ¿Se hubiese aburrido Hemingway sin tiburones que pescar? ¿Hubiese escrito acaso «El viejo y el mar» el barbudo escritor? ¿Qué hubiese sido de Spielberg sin un buen «Tiburón» que llevarse a la pantalla?

Nos reafirmábamos por estética y posibilidades de reactivar el sector terciario de la economía.

Pensábamos que se podrían capturar las tintoreras, si es que aún estaban en El Maresme, aislarlas en piscifactorías construidas al efecto, atender a su reproducción, engordar los alevines de forma desmesurada, cual merluzas en supermercado, y eliminar en ellas toda agresividad. Podríamos convertir unos malvados tiburones en simpáticos pececillos, tan grandullones e inofensivos como el mamut de piedra del parque de La Ciutadella. Una acción bondadosa digna de un San Francisco de Asís o de un Mossén Cinto Verdaguer.

Los tiburones de Barcelona serían mundialmente famosos y, a fuerza de mutaciones, se podría crear incluso un tiburonazo albino, un Copito de la Mar. ¡Wuau!

Los niños podrían acariciar el lomo de Copito de la Mar mientras estuviese en la superficie y los más valientes podrían verle a través de los ojos de buey del «Ictíneo» de Narcís Monturiol, el famoso submarino catalán que solo se sumergió dos veces, en aguas del Puerto de Barcelona. ¿Se acojonó la tripulación?